Desde pequeño sentí orguyo por mis herrores. Porque entre más errores tengo, más humano me siento.
Lo digo en serio, hará cosa de dos o tres años visité una demostración de BMX (Esas bicicletas para chicos, según el criterio de algunos). Entre saltos y piruetas uno de los bikers despliega una carrera arrolladora contra una de las rampas y transformar todo ese impulso en una serie de volteretas solo imaginables en un mundo de baja gravedad.
-¿Cómo lo hiciste? -le pregunté.
Se tomó un tiempo para responderme. Miraba hacia todos lados con la cara hinchada, temblando.
-No tengo idea -dijo antes de quitarme del medio para volver a lo alto de la rampa.
Supe que tenía razón cuando en el segundo intento se quebró una pierna. Supongo que el camino al infierno esta sembrado de buenas intenciones, pero el sendero que te conduce al cielo está plagado de golpes de suerte.
Tengo desde hace mucho esta sospecha de que los errores son en realidad una fuerza creadora o eurística, mucho mayor que los aciertos. Si no me creés, pensá en los rayos X o el zapatito de cristal de la cenicienta o la obra de kafka.
Vagamos a ciegas por el universo, tanteando de a poco en cada paso que damos con la única certeza de saber que siempre vamos a equivocar el rumbo. Sé que no existe el final del camino, que toda calle termina en otra, sea esta de tierra o pavimento. Y si por pura contrariedad uno no ve por donde seguir, simplemente continúa a través del campo minado de la realidad hasta encontrar un sendero nuevo.
Me parece que de aquí en más está advertido. La sumatoria de letras y espacio que ahora lee no deja de lado esta parte del código. El motivo principal serán los libros, las películas o cualquier otra cosa que nos interese compartir, siempre y cuando exija cierto esfuerzo. Hasta me vienen tantas ganas de seguir contando sobre ese día en el bikepark... pero lo dejo para la próxima. Ocasión en la que espero equivocarme mucho más.


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